A 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda continúa activa, aunque muy lejos del poder y la influencia que tuvo a comienzos de siglo. La organización fundada por Osama Bin Laden sufrió importantes golpes con la muerte de sus principales dirigentes y perdió centralidad dentro del movimiento yihadista frente al avance del Estado Islámico.
El 11-S marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea. Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono dejaron cerca de 3.000 muertos y desencadenaron la ofensiva militar estadounidense en Afganistán, además de una extensa política internacional contra el terrorismo.
Con el paso de los años, la estructura central de Al Qaeda fue debilitándose. Bin Laden murió en una operación estadounidense en Pakistán en 2011, mientras que su sucesor, Ayman al-Zawahiri, fue abatido en Kabul en 2022. Desde entonces, la organización mantiene una estructura más descentralizada y con menor capacidad para operar de manera directa en Occidente.
La pérdida de protagonismo de Al Qaeda coincidió con el surgimiento del Estado Islámico, que durante la década pasada consiguió controlar amplias zonas de Siria e Irak y proclamó un califato.
El grupo desarrolló una estrategia diferente, basada en la conquista y administración de territorio y en una campaña de violencia que tuvo enorme impacto mediático. Aunque fue derrotado territorialmente en 2019, algunas de sus estructuras continúan activas en distintas regiones.
Según especialistas citados por TN, la irrupción del Estado Islámico redujo la influencia de Al Qaeda dentro del universo yihadista y desplazó a la organización fundada por Bin Laden del centro de la escena internacional.
Actualmente, la organización sobrevive principalmente mediante grupos afiliados que operan en diferentes regiones, con agendas vinculadas a los conflictos locales.
Entre las principales estructuras asociadas se encuentran Al Shabaab, en Somalia y el Cuerno de África; Jamaat Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), con presencia en Mali y el Sahel; Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP), en Yemen; y Al Qaeda en el Subcontinente Indio (AQIS), con actividad en zonas de Asia meridional.
Este proceso de descentralización permitió que la organización mantuviera presencia pese a la pérdida de su estructura central. En lugar de concentrar todos sus esfuerzos en grandes atentados internacionales, sus filiales buscan aprovechar conflictos internos para ganar influencia y controlar territorios.
Los especialistas consideran que Al Qaeda modificó sus objetivos y métodos. La organización pasó a priorizar el control territorial, la influencia política local y la consolidación de sus filiales, en lugar de concentrarse exclusivamente en ataques espectaculares contra objetivos occidentales.
La capacidad de concretar un atentado de gran escala en una ciudad occidental también se redujo considerablemente debido al fortalecimiento de los servicios de inteligencia, los controles fronterizos y las medidas de seguridad implementadas después del 11-S.
Sin embargo, los expertos advierten que el debilitamiento de la estructura central no significa que la amenaza haya desaparecido. Informes recientes señalan que Al Qaeda continúa teniendo capacidad de acción a través de sus organizaciones regionales, mientras que la amenaza terrorista internacional se volvió más descentralizada y difícil de anticipar.
A un cuarto de siglo de los atentados que cambiaron la política internacional, Al Qaeda ya no ocupa el lugar central que tuvo en 2001, pero continúa siendo una organización activa, adaptada a un escenario en el que los conflictos regionales y las estructuras descentralizadas reemplazaron en buena medida al modelo de una red terrorista global dirigida desde un único centro.




