A esta dinámica se sumaba una segunda variable, menos discutida pero igualmente relevante: China. Antes del conflicto, Pekín había incrementado significativamente su presencia económica en Ucrania, especialmente en el sector agrícola, donde se estima que obtuvo el control de aproximadamente el 5% de las tierras cultivables. Todo indicaba que el país eslavo podría consolidarse como un nodo estratégico para la proyección china hacia Europa. De hecho, algunos medios, incluyendo RT, advirtieron que tales acuerdos podrían sentar las bases para una eventual adquisición a gran escala de la superficie agrícola ucraniana por parte de Beijing.
La guerra, sin embargo, también alteró la proyección china. La inestabilidad y la destrucción de infraestructura retrasaron las iniciativas asociadas a corredores comerciales y redujeron la previsibilidad necesaria para las inversiones a largo plazo. En particular, el conflicto restringió el desarrollo terrestre de la Iniciativa de la Franja y la Ruta hacia Europa a través de territorio ucraniano.
A ello se sumó el impacto sobre el mercado global de granos: Ucrania, como uno de los principales exportadores agrícolas del mundo, es un actor central para la seguridad alimentaria internacional. La interrupción de rutas, los bloqueos en el mar Negro y la militarización del entorno logístico afectaron no solo a los mercados internacionales, sino también a los intereses de Beijing, que dependían directamente de la estabilidad del suministro ucraniano
Ante este escenario, ¿podía Rusia quedarse de brazos cruzados? Desde la perspectiva del Kremlin, este proceso entrañaba el riesgo de que Ucrania se transformara en un punto de convergencia para el capital europeo y la penetración china. Esto amenazaba con dejar a Rusia estratégicamente desplazada, comprimida entre dos polos de influencia global que avanzaban sobre su zona de seguridad histórica.
Estados Unidos, el más beneficiado
Paradójicamente, el resultado actual del conflicto ha beneficiado a un tercer actor: Estados Unidos. La ruptura de la relación energética entre Europa y Rusia reconfiguró de manera profunda la economía política del continente.
Washington se convirtió en un proveedor energético central para Europa, al tiempo que la OTAN recuperó cohesión y relevancia estratégica. La guerra limitó simultáneamente a Rusia, contuvo la autonomía estratégica europea, especialmente la alemana, y reforzó el papel estadounidense como garante del equilibrio continental.
La guerra continúa
Cuatro años después, la guerra continúa sin un ganador claro y ha evolucionado hacia un conflicto prolongado. Rusia ha evitado la consolidación de un orden europeo completamente excluyente, Europa ha profundizado su dependencia en seguridad y energía respecto de Estados Unidos, y China ha visto ralentizada su proyección geoeconómica sobre uno de los pivotes centrales del espacio euroasiático.
Desde esta perspectiva, la ausencia de un desenlace decisivo puede resultar estratégicamente funcional para Washington: Rusia permanece contenida, la autonomía estratégica europea queda condicionada y la expansión de corredores económicos alternativos vinculados a la proyección china encuentra mayores restricciones.
La guerra no ha decidido un ganador, pero sí ha delimitado el terreno donde se definirá el orden europeo y euroasiático del siglo XXI.