El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y el presidente libanés anunciaron la renovación del alto el fuego, mediado por Estados Unidos. La medida responde a la presión de la administración de Donald Trump, que busca reducir la escalada en Medio Oriente y abrir espacio para negociaciones más amplias.
El pacto establece la creación de zonas piloto en el sur del Líbano, donde solo podrán operar las Fuerzas Armadas libanesas, con el objetivo de excluir a grupos armados no estatales y reforzar la autoridad de Beirut en una región históricamente dominada por Hezbollah.
La condición central es que Hezbollah detenga sus ataques contra Israel y retire sus fuerzas al sur del río Litani, un área estratégica que ha sido escenario de intensos combates. Las delegaciones acordaron volver a reunirse la semana del 22 de junio para intentar avanzar hacia un acuerdo más amplio con garantías de seguridad y mecanismos de supervisión.
Sin embargo, la tregua es vista como meramente formal: Israel mantiene que solo respetará la prórroga si Hezbollah cumple, mientras que los enfrentamientos continúan en el terreno. Analistas señalan que este tipo de acuerdos reflejan la “diplomacia devaluada” de la época, donde los anuncios buscan ganar tiempo más que resolver los conflictos. El nuevo alto el fuego entre Israel y Líbano es un paso diplomático que busca contener la violencia en la frontera norte, pero su efectividad depende de la capacidad de Hezbollah de acatar las condiciones. La creación de zonas bajo control libanés apunta a reforzar la institucionalidad de Beirut, aunque en el terreno la tregua sigue siendo frágil y cuestionada.

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