Las conversaciones comenzaron en Islamabad bajo un fuerte operativo de seguridad y con mediación paquistaní. Se trata de un diálogo frágil, luego de un conflicto que dejó miles de muertos y afectó a varios países del Golfo.
La delegación iraní está encabezada por el canciller Abbas Araghchi y el presidente del Parlamento, Mohammad-Bagher Ghalibaf, mientras que Estados Unidos busca avanzar en condiciones que incluyan límites al programa nuclear iraní y garantías de seguridad en la región.
Sin embargo, el clima está lejos de ser estable. Desde Teherán advirtieron que, si las negociaciones no satisfacen sus intereses ni los del llamado “Eje de la Resistencia”, podrían intensificarse las acciones contra objetivos estadounidenses en Medio Oriente.
Uno de los puntos más críticos es el control del estrecho de Ormuz, una vía por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial. En las últimas semanas, el tránsito marítimo se redujo drásticamente y aún persiste la incertidumbre operativa, con buques detenidos y nuevas condiciones impuestas por Irán.
En paralelo, el conflicto también tiene impacto global: la crisis energética derivada de la tensión en la zona ya provocó subas en los precios del petróleo y presiones inflacionarias en distintas economías, como la de Estados Unidos.
En este escenario, el presidente Donald Trump endureció su postura y aseguró que su país garantizará la libre circulación en el golfo “con o sin Irán”, incluso bajo amenaza de acciones militares.
Mientras tanto, otros focos de conflicto siguen activos. Por ejemplo, se prevé una reunión en Washington entre Líbano e Israel para discutir el desarme de Hezbollah, otro de los puntos más sensibles del tablero regional.
Pese a los intentos diplomáticos, especialistas advierten que la actual “tregua” es apenas una pausa táctica, sin acuerdos de fondo ni garantías de estabilidad, lo que mantiene al mundo en alerta ante una posible nueva escalada.
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